Bajo la curaduría de Félix Suazo, esta muestra resalta el color y la textura como elementos protagónicos, mediante un trabajo creativo donde se mantiene la predilección por lo expresivo, en un gesto de sincronización entre la mano y la mente, que oscila entre la violencia controlada y el lirismo, según afirma el curador.

Nómada por Carolina Vollmar

Nómada
Carolina Vollmer

Wabi Rum o el valle de las lunas.
Homenaje a la mujer de otra cultura.


Estoy al sur de Jordania, en un precioso desierto, es territorio de beduinos.
Paramos en una tienda, la única por esa zona. Allí habitaban 2 pastores.
Uno salió con algunas ovejas que se ven muy a lo lejos…
También hay algún camello.
El otro nos recibe con un té.
La tienda no tiene ventanas y el centro de la misma
sirve como refugio de noche para las ovejas del rebaño.


Doy una vuelta alrededor de la tienda en busca de un objeto de color que me permita contrastarlo con todos los ocres, amarillos y rosados del desierto en horas del mediodía.
Detrás encuentro una vieja tetera de peltre azul y comienzo a fotografiarla.
De pronto escucho que alguien me llama. 
Oigo la voz de una mujer que me habla en inglés, pero aún no veo a nadie.
Guiándome por su voz, llego a un pequeñito descosido en la lona de la parte lateral de la tienda por el que alcanzaba a ver solamente el ojo de la mujer o su dedo indicándome dónde estaba. Me pidió que hablara muy bajito para que el esposo no lo notara.
Allí comenzó una conversación que nunca podré olvidar.
Hablamos de dónde veníamos. Sabía dónde quedaba mi país. Nos contamos lo que hacíamos, cómo eran nuestras familias. Ella, graduada de contaduría en la capital Amán, se casó con un pastor beduino hacía una semana. Lo conoció el día de la boda. Eran de la misma tribu. Compartimos comentarios de nuestras relaciones de pareja. Añora el momento de darle un hijo a su esposo y teme no poder dárselo. Dejó su familia y la ciudad por el desierto. Él es bueno con ella. Me contó que podía salir de su tienda cuando anochecía. Le pregunté si era feliz y me contestó que sí. Le dije que yo también lo era.
Ella acepta su condición de vivir detrás de las mantas de la tienda, de abandonar a los suyos, de ser nómada en los desiertos del norte de África y el Medio Oriente, de saber que no conocerá otros mundos más que por algún encuentro secreto y fortuito como el nuestro.
Me pidió que volviera a visitarla. Pero, ¿cómo? ¡Si eres nómada!-le dije. Me pidió entonces que nunca la olvidara. Y se lo prometí.
Las lunas, hechas con los medios que conozco para comunicarme, son mi homenaje a esa y tantas mujeres de otras culturas que a lo mejor solo puedan comunicarse con otros a través de la luna, que deambula como otra nómada alrededor de nuestro planeta y por eso nos conoce a todos.
Ojalá le llegue mi recuerdo.

 

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